viernes, 11 de abril de 2014

La historia del quise y no puedo

Te voy a contar una historia. La historia del quise y no puedo, una historia que se escribe en los rincones de tu piel dormida, el delito que convierte al ladrón en víctima valiente y al recuerdo en homicida.
Es posible que ya no recuerdes qué fuimos y lo que pudimos llegar a ser, lo más probable es que hayas cosido mañanas sobre los jirones de piel seca que dejamos morir, sobre las heridas que solo quienes estuvimos allí conocemos. Y no te culpo. El tiempo no pasa en balde y, según dicen, nos pone en el lugar que nos corresponde y el nuestro, por lo visto, queda a cientos de kilómetros de distancia, a tres glaciares y medio de miradas y varias madrugadas sin dormir.
Pero hubo un tiempo en que los ojos no fueron jueces ni verdugos, un tiempo en que quisiste morir antes que perder y sabías a qué saben los giros inesperados. Un tiempo donde arriesgar no era condena, donde conocí cada centímetro de tu piel y lo usé de bandera. Hubo un tiempo, ¿sabes? Donde te creíste cada una de mis historias y juraste hacerlas realidad.
Pero las hojas del calendrio pasan para los dos y hoy quedan frías, estériles. Todavía me cuesta contar a otros ojos lo que vive por dentro, siempre he creído que cuando te desnudas ante alguien, hasta el punto de que pueda acabar con tu vida en ese mismo instante pero prefiera hacerte inmortal, sellas un trato que ya nadie más podría entender. Las huellas no mienten, nos debemos a las personas que nos han hecho crecer.
Perdóname este ataque de melancolía efímera y sutil, sabes que me seducen estas cosas. Te prometo que intento encontrar en la rutina los espejos que me digan que el futuro es un arma de doble filo que tengo agarrada por el centro, pero hay veces que me intoxico de recuerdos y no encuentro la salida. Espero, al menos, que cuando la vida no te trate como quise hacerlo yo, se cuele por la ventana de tu mente el sabor de aquellas tardes y sepas, como a veces sé yo, que no fuimos un error inesperado ni un barco a contracorriente que muere antes de ver el puerto. Que, si seguimos vivos, en cierto modo es porque nos debemos la vida.
Para terminar, te voy a ser sincero, no sé si el recuerdo difumina el momento y lo convierte en etéreo, o si las derrotas han transformado en indolente la coraza de papel. A lo mejor es que yo sigo siendo tan yo, ya sabes. Pero no encuentro historias que lleguen a la altura de nuestros zapatos. Quién sabe, a lo mejor es porque sigo descalzo.



No volverá.
No se fue jamás.
Cada recuerdo será
un desertor.

Quizás un error.
Cada pared, un vals,
una sonata fantasma
cada espiral,
en cada reloj,
duerme un temblor.

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